Episodio 4: Indudable





—Hola, hijo mio —Setanta comienza a moverse atemorrizado porque no podía ver. Trataba de abrir los ojos pero no podía. 

—¿Quién eres?, no puedo ver. 

—Lo sé, los sueños suelen ser un poco difíciles de apreciar. Haz un poco más de esfuerzo —Setanta abre los ojos pero se da cuento que no está despierto— ¿Qué sucede, dónde me encuentro?

—Estamos en tu subconsciente, por lo que puedo apreciar no es un lugar muy placentero. Claro que no pido que seas perfecto. 

—Ya entiendo, eres Lugh. Dicen que eres mi padre y que debo tomar tu lugar.

—Soy el padre de todos, pero solo tú eres especial para mí, porque los pueblos van a sufrir y solo tú eres el que lo puede detener. 

—Dime una cosa, ¿Es cierto que voy a morir?.

—¿Por qué preguntas?, tu no le temes a la muerte. 

—No, te confieso que le temo al olvido. 

—Hijo mío, te traje a este mundo para que seas el héroe, las personas te reconocerán, escribirán cuentos extraordinarios de tus hazañas, te cantarán canciones, te solicitarán protección desde donde estén. Pero tienes que cumplir con tu destino.

—Pero, ¿Por qué debo aceptar mi destino?

—El destino es tu propósito en la vida, para mantener el balance, el equilibrio necesario entre el bien y el mal. Todos somos parte de ese sistema. Adelante, no pierdas más tiempo, es el momento de que despiertes.

Setanta poco a poco abrió los ojos, colocó su mano sobre su cara para tapar la luz en lo que sus ojos se acostumbraban a la claridad del día. Se sentó en lo que sus sentidos caían en tiempo, miró a todo lados y se dio cuenta que Morrigan no se encontraba. Se había quedado dormido, solo recordó que ella estaba a su lado. Se movió hasta el río y se echó agua en la cara para despertar.

De repente escuchó a lo lejos un estallido y sintió como levemente sacudió la tierra, miró a todos lados desesperado pero cuando miró hacia arriba se percató que había humo que venía en dirección de Ulster. De inmediato comenzó a correr para salir del bosque y llamó a Dub, lo llamó en varias ocasiones con voz alta, con desesperación. Dub apareció corriendo a su lado y Setanta dio un brinco que lo montó al instante y le hizo gesto para avanzar.

Al salir del bosque vio a Ulster ardiendo en llamas, él no podía creer lo que sus ojos estaban viendo. Setanta golpeó a Dub de modo que cabalgara a toda prisa. Mientras avanzaban, de la parte posterior de Dub se abrieron unas enormes alas, similares a las alas de los ángeles, de las cuales se desplegaron para sostenerse en el aire. Se impulsó con gran fuerza hasta volar bien alto, sobre la contienda, hasta llegar al palacio de Ulster.

Setanta y Dub descendieron rápidamente sobre la entrada del castillo arremetiendo contra enemigos, Setanta corrió a la entrada y se encontró con Conchubar, este le pasó una espada para ayudarle. Los dos se unieron y comenzaron a expulsar enemigos fuera del lugar.

Muchos adversarios al ver que apareció Setanta se retiraron, otros por tratar de ser héroes caían derrotados contra el suelo.

A los pocos minutos se escuchó un grito, uno muy agudo, como el grito de cientos de mujeres, era la Gae Bolg. Setanta rápidamente alzó el brazo y esta cayó en sus manos, ahora nadie lo podía detener. Los enemigos seguían retirándose, pero otros rivales seguían llegando.

—¿En dónde estabas?, hace tres días que nos están atacando —Setanta mira a Conchubar sorprendido— ¿Tres días? 

—¿Se puede saber dónde estabas metido?

—Morrigan me dejó dormido —Mientras hablaban seguían luchando con los enemigos que se les acercaba.

—¿Morrigan? Muchacho, ¿sabes que esa bruja está del lado del enemigo?, Ella envenenó la mayoría de nuestros soldados y estamos cortos de números porque los otros dos reinos se unieron a Medb. Esto es una locura.

Setanta y Conchubar juntaron sus espaldas porque los enemigos entraban de todos lados y de esa manera les podían hacer frente. 

—Morrigan me dijo que Medb lanzó un hechizo para influenciar a los otros reinos a que se le unieran a ella.

—Setanta escúchame bien, Medb tiene un bastón que es su fuente de poder para mantener sus hechizos. Estoy seguro que si se destruye, este caos puede terminar.

—Padre, ¡cúbreme! —Setanta salió coriendo fuera del castillo y se subió a unos escombros para mirar a lo lejos. Usó su visión de águila e identificó el carruaje donde se encontraba Medb que estaba en las afueras de la ciudad.

En ese instante su vista se desvió y vio a su hermano de crianza, Ferdiad, rodeado por una gran cantidad de soldados enemigos. Se le notaba débil y cansado pero se distrajo al ver a Setanta. Se alegró mucho al verlo pero en ese mismo momento lo golpearon cayendo lejos de su espada.

Setanta salió corriendo hacia él, pero en el suelo su hermano estaba indefenso y logran clavarle una espada en el costado. Setanta gritó y disparó su lanza desde donde se encontraba clavándose en el suelo cerca de donde está Ferdiad, liberando una onda expansiva y arrojando a todos los enemigos lejos de su hermano.

Mientras se acercaba a Ferdiad iba matando enemigos que se atravesaban en su camino, uno a uno, con una velocidad inhumana, los enemigos no podían precisar ni predecir sus golpes mortales.

Al llegar donde Ferdiad se arrojó al suelo para tratar de levantarlo y llevarlo a un lugar seguro pero ya era demasiado tarde, estaba moribundo.

—Hermano, que bueno que estás aquí, no se sabía nada de ti —comenzó a toser y a escupir sangre por la boca— Hermano no hables, ahorra las energías.

—No hermano, es mi momento y con orgullo me retiro —En su último suspiro murmuró… 

—Acaba con esto. —Setanta miró para todos lados pero veía todo nublado por sus ojos llorosos, su cara se enrojeció y se arrugó tratando de hablar. 

—No Ferdiad, no te vayas.

El cuerpo de Ferdiad, que se sentía tenso, se relajó repentinamente como si soltara toda su energía dejándose caer entre los brazos de Setanta. Ya no respiraba, no se movía, ni murmuraba. Setanta lo movió esperando una reacción de él pero ya era inútil, ya había muerto.

Setanta quedó inmovilizado, no sabía qué pensar, ni qué hacer o decir. Miró todo a su alrededor, todo comenzó a tornarse muy lento. Veía explosiones, aliados muertos en el suelo, y enemigos corriendo hacia él con la esperanza de tener la oportunidad de acabarlo.

En un instante miró hacia donde estaba Medb y la vio sobre la carroza en la que andaba, con el bastón en la mano, y sonriendo al verlo a él en el suelo sujetando a su hermano muerto e inmovilizado. El ensamble en la cara de Setanta cambió a una expresión seria y calmada, bajó la cabeza y miró a su hermano, tendió su cuerpo en el suelo y le cerró sus ojos. Se arrodilló en modo de respeto mientras los enemigos seguían acercándose, cada vez más y más, pareciera que Setanta no fuera a reaccionar.

Él se levantó lentamente y ya varios enemigos estaban lo bastante cerca apuntando sus filosas espadas hacia él. Extendió su brazo y agarró la Gae Bolg, y antes de que el filo de una de las espadas penetrara en su piel, arremetió contra él y así consecutivamente con todos los demás. Balanceaba su lanza de lado a lado golpeando mortalmente a todos los enemigos que se le acercaban.

Ninguno lograba hacerle daño, aunque buscaran el mejor momento para atacar sin que la Gae Bolg le alcanzará. Setanta no se movía de donde estaba, seguía girando la lanza de lado a lado sin parar. 

Con sus ojos cerrados recordaba momentos de su niñez junto a su hermano, desde momentos buenos hasta los más amargos. Sus lágrimas se desbordaban mientras los recuerdos seguían apareciendo junto a un gran dolor en su pecho, como si le arrancaran un pedazo de su vida con la impotencia de no poder evitarlo.

En un momento dio un último giro y clavó la lanza en el suelo, creando un esparcimiento de tierra que sacudió a cientos de kilómetros. Todos los enemigos que se le estaban acercando cayeron, Setanta comenzó a arder en cólera. 

—¡Medb! —gritó entre llanto—.

Levantó la Gae Bolg con su brazo diestro y apuntó hacia ella, dio unos pasos hacia adelante, tomó impulso y la disparó.

La Gae Bolg se dirigió a su objetivo, con su grito peculiar, destruyendo todo a su paso, nada la podía detener.

Medb al percatarse de la inminente lanza se expulsó afuera de la carroza y justamente en ese momento llegó la Gae Bolg golpeando y destruyendo el poderoso carruaje, asesinando a todos los que andaban en él.

Medb se encontraba en el suelo, aturdida entre el humo y el fuego que había a su alrededor. De repente sintió que alguien la agarró por el cuello y la elevó sobre el suelo, cuando ella logró tener visión vio que era Setanta quien le quitó el bastón de las manos.

—No te voy matar, yo no asesino mujeres. Dejaré que la justicia divina y la del hombre se encarguen de ti —arrojó a Medb hacia un lado. Partió en dos pedazos el bastón, y con una mano tomó la piedra brillante de la parte superior y la apretó tanto que la pulverizó.

En ese mismo instante todos los ejércitos, incluyendo el de Connacht, se detuvieron. Se miraron unos a otros desorientados, tratando de entender qué es lo que estaba sucediendo y el por qué estaban atacando a Ulster. Los soldados que estuvieron envenenados se sanaron y rápidamente salieron junto a los druidas para asistir a los heridos, de igual manera los soldados de los otros reinos se unieron a ayudar.

Conchubar se acercó a Medb, quien todavía se encontraba en el suelo… 

—¿Tienes algo que decir? —Aún desconcertada miró para todos lados pero no dijo ni una sola palabra. Conchubar la miró con una gran pena y ordenó a sus soldados que la apresaran. 

Se acercó a Setanta quien se encontraba paralizado pero no pudo hablarle, no sabía que decirle. También se encontraba muy dolido por lo de Ferdiad.

Setanta no mostraba expresión alguna en su rostro pero emanaba una enorme aflicción que se sentía a su alrededor. Comenzó a caminar hacia el cuerpo del hermano con la mente en blanco, no podía procesar la combinación de pensamientos y sentimientos.

Todos se acercaban a él y mostraban sus respetos pero Setanta no despistaba la vista del cuerpo de su hermano. Solo seguía caminando a paso lento, no importaba cuanto tardara en llegar.

En esta ocasión, no había motivo de celebrar, no hubo una victoria. Los aires que dejó la guerra entre Ulster y Connacht fueron de destrucción, desolación, llanto, tristeza, y la necesidad de fuerzas para volver a empezar de nuevo.




0 comentarios:

Publicar un comentario