Episodio 3: Cuando el Destino se Impone




a guerra no había terminado pero tampoco había amenaza de ataque por lo que el rey de Ulster preparó un banquete por la victoria de la primera batalla en defensa de la invasión de Connacht. También para conmemorar a los caídos que fueron padres, hijos y hermanos.


—Fueron grandes guerreros que con valor, coraje y honor juraron defender con la vida su territorio. —Exclamó Conchubar en voz alta ante la multitud.

Para ellos el morir en combate era el honor más grande que podían recibir.

Era una celebración que reunía a todos los pueblos del reino para depositar los cadáveres a la intemperie para que los cuervos ayudaran a transportar los espíritus al mundo de los muertos. Aunque ya Morrigan lo había hecho al retirarse de la batalla, aún así decidieron hacerlo para mantener su ritual y celebración.

En el banquete Conchubar presentó su toro pardo, uno de sus grandes trofeos y la razón por la cual se inició la guerra. 

—Este es el motivo de celebración porque tenemos lo que otros desean. Nos lo quieren arrebatar porque solo nosotros somos dignos de tanta abundancia. —Dijo Conchubar con gran regocijo. Todos los presentes mostraron admiración.

Conchubar miró a todos lados y no encontró a Setanta, 

—¿Alguién me puede decir donde está nuestro héroe?

Todos se miraron unos a otros preguntándose pero nadie lo había visto.

Conchubar era el tío y padre de crianza de Setanta. Fue un gran guerrero muy corpulento, de pelo rojizo con una gran barba que simbolizaba su virilidad y sabiduría. Los pueblos lo reclamaban como rey porque impulsó la riqueza en Ulster.

Setanta no llegó a la fiesta, se quedó en las afueras, recostado en un pilar que quedaba en la entrada del castillo. Miraba las estrellas con ojos de enamorado, brillosos y con un sentimiento de ternura. No dejaba de pensar en ella.

Solo había pasado unos días luego de la luna llena, de ese encuentro relámpago que en solo una noche Morrigan robó su corazón. La luna se seguía viendo igual de grande y hermosa, lo que le hacía recordar su cuerpo, el olor de su pelo, y las caricias de sus besos.

—Esos labios, tan hermosos, tan suaves como un amanecer en el campo. Nunca había sentido unos labios así.

Conchubar había salido a buscar a Setanta hasta encontrarlo en la entrada del castillo y se le acercó…

—Te ando buscando por todo el lugar —Setanta le responde:

—lo lamento padre, no estoy de fiestas —Conchubar lo mira serio. 

—Toma, —le entregó un vaso a Setanta— Te traje un trago, eso te ayudará. Te conozco tan bien que sé que no estás bien. —Conchubar tomó un respiro profundo.

—Supe que te ausentaste en la batalla y si no fuera por tu hermano, Ferdiad, quizás no lográbamos esta victoria. —Setanta miró a Conchubar con ojos de disculpa y le puso la mano en el hombro— Lamento mucho no haber estado junto a mis soldados. 

—Si lo hiciste es porque tuviste un gran motivo y espero que sea uno bueno. ¿Qué te ocurre hijo mío?

—¿Sabes?, el día de la batalla conocí al amor de mi vida —Conchubar comenzó a reír alto y miró a Setanta a los ojos— Las mujeres te van a matar un día de estos, eso es lo que yo he aprendido de ellas. ¿No me crees?, mi ex-mujer me acaba de declarar la guerra —Ambos se rieron.

Luego Conchubar pusó una cara de preocupación.

—Yo espero que no sea una estrategia de parte de Medb, ella es una hechicera y es capaz de tramar cualquier cosa para ganar esta guerra. ¿Estás seguro que es amor verdadero? 

—No lo sé padre, es lo que tengo que confrontar.

Conchubar le dio dos palmadas en el hombro a Setanta y se retiró hacia la fiesta pero se detuvo y de espaldas le dice a Setanta en voz alta:

—¿Qué haces aquí?, Sal a buscarla. —Setanta miró al suelo pensativo, cambió su mirada de duda a una decisiva y comenzó a caminar hacia donde se encontraba Dub.

No sabía a donde ir pero emprendió su viaje hacía Connacht, él sabía que de alguna manera la iba a encontrar. Durante el camino lo único que hacía era pensar en ella y en los recuerdos de la noche de luna llena. De repente en el cielo se apareció un cuervo volando, la mirada de Setanta se cristalizó y sonrió porque sabía que era ella. La siguió hasta llegar al bosque, al mismo lugar donde estuvieron aquella noche.

Ambos se detuvieron junto al río y ella se cambió a su forma humana, Setanta se le estaba acercando pero ella se lanzó primero a él. No había tiempo para palabras ni bienvenidas, solo comenzaron a besarse desesperadamente como si no hubiera un mañana.

Él comenzó a besarla partiendo desde la boca, y siguió en la mejilla, en el cuello, y siguió bajando hasta tocar sus pechos con sus labios. Ella acarició su pelo y sujetó su cabeza, él siguió bajando hasta su abdomen, cada vez sujetándola más fuerte para limitarla de sus movimientos.

El cielo se nubló y comenzó a llover, una lluvia termal que no disipó el fuego de pasión de los dos enamorados. Cada vez que el acto sexual se hacía más intenso, más fuerte se hacía la lluvia y retumbaban los truenos como tambores en una danza de lujuria. El río creció y se desbordó, al igual que el deseo carnal que sentían los dos, una tormenta de pura pasión.

Al terminar, los dos se encontraban tendidos en el suelo y abrazados. Todavía no habían dicho una palabra, él iba a ser un gesto de decir algo pero ella le puso la mano en la boca para que no hablara. Él entendió y no quiso arruinar el momento, un momento único de armonía entre los dos.

Pero al cabo de un rato…

—¿Qué ibas a decir?

—Que te pensaba mucho.

—Yo también, sabía que ibas a venir —Ella le responde con alegría.

—Me hace sentir bien saber que me estabas esperando pero tengo dudas que me nublan la mente —lo dijo con mucha seriedad pero ella comenzó a acariciar su cara.

—Solo no pienses.

Juntaron sus labios y se besaron sin parar, casi sin respirar. Setanta cortó el beso y sujetó las manos de Morrigan que acariciaban su cara. La miró a los ojos con una mirada profunda que la intimidó.

—Necesito saber quién eres y el por qué tengo este sentimiento que nunca antes había sentido.

—¿A qué te refieres? —ella respondió asustada—. Si esto es un hechizo me rompería el corazón. 

—No pienses así, esto es tan real como la vida misma. 

—Siento que eres mi debilidad —Morrigan bajó la cabeza y soltó una lagrima—. ¿Qué pasó? No te pongas así, discúlpame.

—No, es que nadie nunca me había dicho algo tan hermoso. —ella lo abrazó fuertemente.

—Me mata el pensar que el enemigo te puso en mi camino solo para derrotarme. 

—Esto es real, yo tampoco esperaba encontrarte, porque hacía mucho tiempo había dejado de creer en el amor hasta que te conocí. Yo no soy el enemigo, el destino nos puso aquí, eso debe significar algo.

Morrigan comenzó a llorar y le dice…

—Va haber otra batalla, Connacht volverá a atacar y esta vez llevará la armada de los otros reinos. Escuché que están influenciados por Medb. 

—No te preocupes, yo siempre estoy preparado.

—No, no entiendes. Estás destinado a morir. 

—Yo no creo en lo que dice el destino, yo forjo mi propio destino.

—Pero es que ya está escrito. 

—Escúchame, no permitiré que nada me suceda, ni a mí ni a ti. Ahora mismo no me interesa el destino, tampoco el futuro. Solo me interesa este momento en el que estoy junto a ti.

Ella con los ojos llorosos volvió a sujetar su cara con sus manos, y se le quedó mirando por un instante, no quería que nada malo le sucediera. Él aún seguía incrédulo pero ella cerró sus ojos y recitó un poema.

—Los deseos y los sueños no se pueden interrumpir
el destino no puede llegar ahí
el universo que conspire junto a mi
para hacer realidad lo que voy a pedir
duerme junto a mi
que cuando despiertes
el juicio podrá ser diferente.

Setanta cerró los ojos y quedó dormido, ella lo abrazó y se quedó junto a él velando sus sueños, y a punto de quedar dormida, ella le susurró al oído…

—Que duermas bien mi amor.



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