Episodio 2: El Sexo y el Amor






etanta, con su poderosa lanza en su mano derecha, se encontraba montando su caballo de color perla llamado Dub. Todos decían que ese era el dios de los caballos porque era el más veloz de todos, además de contar con cualidades místicas que pocos hombres habían podido ver.

Cabalgando a gran velocidad, Setanta llegó al centro de aquel primer enfrentamiento y con su lanza comenzó a derribar enemigos a su paso. Los soldados del reino de Conacht, al percatarse de la presencia de Setanta, abrieron camino al heroe de Connacht quién le iba a ser frente a Setanta.

Setanta enfocó la mirada para ver a lo lejos y desde el tope de una colina vió a un guerrero cabalgando en un corcel negro aunque no podía distinguir de quién se trataba. 

—Por fin, un rival a mi medida —pensó Setanta— e impulsó a Dub para ir del trote a galope para avanzar hacía lo que él cree iba a ser un adversario más desafiante.

Fijó su mirada en su rival mientras se acercaba a toda velocida, extendió la mano derecha con la Gae Bolg y esta comenzó a gritar. El guerrero con capa negra alzó su luminosa espada y apuntó hacía Setanta.

Unos segundos después se escuchó el estallido más estremecedor jamás presenciado en el continente de Irlandia. Los pueblos de los cuatro reinos alzaron la vista al cielo desconcertados, muchos se miraron unos a otros en busca de respuestas. Los reyes de Leinster y Munster solo supieron una cosa, la guerra entre Connacht y Úlster había comenzado.

—Quién lo pudo haber imaginado que aquel guerrero de capa negra e intimidante eras tú —le dijo Setanta a Morrigan mientras estaban sentados sobre flores y hojas del lado del río.

—¡Ajá!, ¿entonces aceptas que tuviste miedo? —Setanta se rió a carcajadas— Realmente sentí emoción, lo mismo que estoy sintiendo al estar a tu lado en este momento. —Morrigan le sonrió pero no demostró cara de sorprendida— ¿Eso le dices a todas las mujeres que conquistas?

—Entonces, ¿aceptas que te conquisté? — a lo que Morrigan le contesta— Yo creo que fui yo quien te conquistó. —Ambos ríeron.

—Yo creo que sí, me has dejado sin aliento. ¿Eso es lo qué le haces a todos los hombres?

—Solo a los tontos —ambos sonríeron pero luego se quedaron quietos y callados mirándose fijamente. Solo se escuchaba el hermoso sonido de la brisa chocando con las hojas de los árboles.

—Setanta, ¿qué piensas? —preguntó Morrigan con la cabeza inclinada hacia arriba y los ojos cerrados sintiendo la brisa del viento.

—Pienso que esto es algo raro y nuevo para mí, nunca me había sentido tan bien al lado de una persona. ¿Será real?

—¿A qué te refieres?

—Este sentimiento. Es como si la vida misma nos pusiera trabas en el camino sin importar lo fuerte que sean nuestro deseos. Siento que eres la persona que estaba esperando hace mucho tiempo y cuando me di por vencido por no encontrar a alguien, apareces tú y de la manera menos esperada. Míranos, estamos juntos hablando luego de encontrarnos en batalla y en bandos opuestos. 

Ella lo miró lentamente, puso su mano en su quijada y la movió hacía ella para que sus ojos se encontraran con los de ella. Ambos compartieron una conversación silenciosa, solo usando sus ojos, con palabras insinuantes de sensualidad y pasión.

Setanta lentamente acercó sus labios con los de Morrigan, pero ella se anticipó y lo besó primero con un juego con sonrisas entre medio de cada beso.

Llegó la noche y con ella apareció la luna, su resplandor fue más de lo normal haciendo que su energía radiante chocara entre las aguas iluminando con destellos cada movimiento de lujuria y pasión.

En ese momento el sexo y el amor se tomaron de la mano y salieron volando como hadas por todo el lugar dejando a su paso un residuo de luz que alumbró toda la cascada. Las hadas se elevaron hasta lo más alto del cielo para difuminarse como fuegos artificiales llenando el cielo con luces de todos los colores.

Las horas pasaron y el primer rayo de luz del sol apareció, ambos se miraron y abrieron los ojos bien grandes…

—¡La guerra! —Los dos dijeron al mismo tiempo. 

Sabían que la batalla había terminado y se prepararon para volver al lugar de combate. Salieron del bosque en sus respectivos caballos dirigiéndose a donde correspondían.

Los soldados de Ulster habían defendido con éxito la invasión de las fuerzas de Connacht. Setanta se unió a los que quedaron de Ulster mientras que los invasores que quedaron emprendieron retirada.

En ese momento el sol alumbró todo el panorama, dejando ver cientos de cadáveres de ambos reinos. La vista más triste que ojos humanos pudiera ver.

Morrigan antes de seguir la retirada, se detuvo y levantó sus manos hasta la mitad de su cuerpo, se suspendió en el aire, tan alto que de lejos se le podía ver. El viento comenzó a soplar fuerte levantando el polvo del suelo y los restos que quedaron tirados en el campo de batalla. 

Entonces, recitó un poema.

—Los dioses miran desde el más allá
las almas liberadas tendrán su altar
se han ganado la luz y estarán junto a sus ancestros
siempre serán mencionados como héroes
es el momento de ascender.

Las almas se desprendieron de los cuerpos caídos en combate, tanto de los hombres de Connacht como los de Ulster. Todas las almas se elevaron al cielo junto a ella, su tristeza fue tan grande que soltó una lágrima que desapareció al caer. Mostró una compasión sin limitación ni condición alguna.

Morrigan se convirtió en cuervo y voló junto a las almas hasta desvanecerse en el horizonte.

Setanta junto a sus guerreros observaron todo el espectáculo sentimental para luego retirarse cabizbajos y cargando con los heridos para llevarlos a los druidas para su sanación.




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