Episodio 1: El Poema de la Diosa






—Hace tiempo que no me reía tanto —dijo Setanta entre risas— ¿Disfrutas las derrotas? —le preguntó Morrigan con una brillante y hermosa sonrisa.

Ambos chocaron sus armas en plena batalla al encontrarse frente a frente, el impacto causó una enorme onda expansiva que lanzó a todos hacía el suelo. Algunos quedaron aturdidos pero luego se levantaron para continuar con la guerra. Los soldados de Connacht y Ulster haciendo un festín sangriento mientras Setanta y Morrigan compartían sonrisas y miradas en el suelo.

Setanta se arrastró para pasar por desapercibido entre los gritos y suspiros de muerte hasta llegar junto a ella. Se le quedó mirando fijamente y le respondió con voz tenue:

—Nadie me puede derrotar —Morrigan sonrió— Eres bien seguro de ti, pero todos tienen una debilidad —Setanta le interrumpió sin intromisión— ¿Cómo te llamas?

—Soy Morrigan y tú debes ser Setanta, al que todos conocen como Cuchulain, hijo del gran dios del sol Lugh —él abrió los ojos de lo sorprendido que quedó al saber que ella lo conoce. Pero ella tampoco se esperaba que él supiera de ella. 

—Si eres Morrigan, entonces eres la reina de los fantasmas. Hay muchas historias de ti, muchos te temen y otros te honran.

—No pensé que fueras tan hermosa —Ella sonrió— ¿Y cómo esperabas que fuera? —Él cambió la vista y tartamudeó— Bueno, los dioses tienden a ser un poco.... raros. Y al pensar en una diosa de la muerte, pues…

Morrigan entrecerró los ojos e inclinó la cabeza hacia un lado como de incertidumbre. Setanta al darse cuenta hizo el gesto de una sonrisa incómoda y dice:

—Pero entonces, ¿todas las diosas son así de bellas como tú? —Ambos rieron a carcajadas.

Setanta la tomó de la mano para escapar del lugar y se escurrieron entre los soldados que se estaban abatiendo hasta la muerte. 

—Vamos, conozco un lugar —ella lo miró con ojos de sorprendida mientras lo seguía— El destino a veces es impredecible —pensó ella, pero como coincidencia él le pregunta: 

—¿Tú crees en el destino? —a lo que ella sorprendida le contestó un sí haciendo el gesto con su cabeza. 

—Entonces, sígueme —Montaron sus caballos y se alejaron del lugar digiriéndose a un bosque cercano.

Para ellos el tiempo se había detenido pero no el primer enfrentamiento de la guerra que desató la reina Medb de Connacht contra el reino de Ulster. Medb fue una hechicera que solo hacía conjuros para mantenerse bella y joven, aunque algunas veces ocupaba la magia para conseguir lo que quería a cualquier costo. Obtenía los amantes que quería sin mucho esfuerzo gracias a su natural belleza y su atractivo cuerpo. Su pelo rojo ondulado le llegaba hasta la cintura y se decía que sus cabellos se convertían en serpientes. 

Medb era una reina ambiciosa y caprichosa lo que la llevó a atacar a Ulster para adueñarse de un toro pardo que tiene Conchubar, el rey de Ulster. Era un toro que ambos criaron estando casados pero luego de la separación Conchubar se quedó con él. En esos tiempos la ganadería y la agricultura eran el estatus de riqueza, la competencia era tener los mejores campos fértiles y el ganado más saludable.

Aquel toro creció grande y fuerte, y con el tiempo se corrió la voz que el dueño de ese animal poseía riqueza infinita. Cuando Medb escuchó ese rumor de inmediato mandó un mensajero donde Conchubar para que le devolviera el toro a cambio de tierras, joyas o favores sexuales.

El mensajero marchó hacia Uslter pero en los bosques se topó con cazadores y bandos de ladrones y guerreros que en medio de su desesperación contó su propósito de viaje. Esto creó diferentes historias de las cuales llegaron a oídos de Conchubar y el más que le consternó fue el que si no le entregaba el toro a Medb lo tomaría a la fuerza. Llevaron el mensajero a Conchubar pero llegó sin vida y como respuesta le enviaron el cuerpo muerto del mensajero a la reina Medb quien al recibirlo lo tomó como una declaración de guerra.

Las dos fuerzas armadas se encontraron en la frontera que divide a los dos reinos, colisionando escudos y espadas. Cada uno contaba con su propio héroe lo que les daba seguridad de victoria a cada reino.

El héroe de Ulster fue Setanta, un semidios que vino a reencarnal al dios Lugh. Él era un joven guerrero muy apuesto, de piel mestiza y pelo dorado, corpulento y tenaz. Perseguido y deseado por todas las mujeres y temido por todos los hombres. Fue adiestrado en el arte de las guerras por una poderosa hechicera llamada Scatha. Ella fue quien le obsequió una poderosa lanza llamada Gae Bolg, un arma indestructible que solo le obedecería a él.

El héroe del otro lado, el de Connacht, fue la diosa Morrigan, una hermosa mujer con grandes ojos azulados, labios seductores con ligera elevación en las comisuras superiores que coincidían con su piel blanca y sutil. Su pelo era lacio oscuro pero rojizo como un atardecer de otoño, con un brillo natural y que se movía hasta con la brisa más suave. Muchos hombres se equivocaban por su aspecto de mujer encantadora y femenina cuando realmente era una temible guerrera con la fuerza de mil soldados. Más que una diosa de la guerra, se le conocía como la diosa de la muerte lo que preocupó a los guerreros de Ulster, a pesar que tenían a Setanta.

El tiempo se había detenido porque cuando el amor llega nada más importa, y de esa manera Setanta y Morrigan se alejaron de la batalla y dejaron que los soldados decidieran su propia suerte.

No muy lejos de la línea de combate, lograron adentrarse a un denso bosque de robles, donde daba inicio a una de las montañas más altas del gran Ulster. La cima de esa montaña tenía una de las vistas más sorprendentes de todo el lugar y que pocos ojos habían sido testigos, incluso los de Morrigan y Setanta.

De aquella alta montaña bajaba el agua más pura jamás sentida o probada que corría en una hermosa y silente cascada hasta que llegaba a un río cristalino donde la pareja se posó. 

—¡Mira! —exclamó Morrigan con emoción señalando unos peces dorados que se veían a través del agua. 

Ambos se tomaron de la mano y comenzaron a entrar al agua con paso firme pero despacio. El suelo estaba lleno de gemas y cuarzos de todas clases, creando un piso de colorido resplandor, que con cada paso que daban brillaban cada vez más.

—¿Por qué el suelo es tan brillante cuando pisamos en el? —pregunta Setanta sorprendido, a lo que ella le respondió:

—Cuando dos cuerpos se acercan colapsan sus vibraciones, la energía de ambos se unen para formar una sola. Si la energía de dos personas se fusionan en paz y armonía entonces todo fluye haciendo que todo a su alrededor sea colorido. Mientras más fuerte es la energía de los dos, más es el resplandor. Pero toda esta explicación se define en una sola palabra. 

—¿Y cuál es esa palabra? —Preguntó Setanta con gran interés, a lo que ella sonriendo le contestó: 

—Amor.

Se detuvieron para mirarse fijamente mientras ella usaba sus manos para recoger agua y pasarla por las pocas heridas que tenía Setanta. Él comenzó hacer lo mismo con ella y cubría sus heridas con el agua aunque todavía no le hacía mucho sentido, pero él no quería ser del todo descortés, así que hacía lo mismo que ella hacía. Su único pensar era que quería hacerla sentir de igual manera que ella lo hacía sentir a él. 

Luego Morrigan cerró sus ojos y recitó un poema:

—Ante los ojos de la Diosa
que alumbra y energiza la noche
ante los labios consentidos del Dios
que lo hacen el perfecto amante
expulsan las penas, el dolor y las heridas
porque ha nacido el nuevo día
para rejuvenecer los tres niveles;
cuerpo, alma y mente.

Setanta sintió como las leves cortaduras y rasguños desaparecían de su piel sintiéndose con más vitalidad. Ambos se encontraban mirándose fijamente sin cambiar la mirada y sin pestañear, pues no querían perder ni un instante de ese momento. El resplandor de las piedras que estaban en el fondo del río se intensificaron más.



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